A modo de prólogo: cumpliendo con un propósito vital

Nunca he escrito un libro. Empezamos con una mala noticia, pero es así. Es cierto que he redactado cientos de conferencias (no es exageración). También he publicado numerosos artículos en prensa y he aceptado presentar distintas obras, sin duda variopintas: mi firma figura al inicio de una autobiografía, de un libro de arte, de diversos tratados sobre materias económicas y de gestión empresarial (uno de ellos traducido nada menos que a doce idiomas), e incluso ¡de un innovador tratado sobre alta cocina!

También me he atrevido a hacer otros “pinitos” literarios, que se han quedado en el cómodo grado de tentativa. Aquí sitúo mis reflexiones sobre el gobierno, la dirección y la transformación de la empresa, como respuesta al espectacular y transcendental cambio mundial. A ellas se añaden, varios cuentos y poesías –lo confieso con rubor, de no mucha valía– y el impulso de publicar un par de novelas. Sus primeras páginas duermen hoy en un cajón –recordadas, eso sí– pero sin que hayan visto la luz… ni creo que lo hagan, a pesar de que su trama me ronda, de ciento en viento, por la cabeza.

Tampoco me he aplicado a componer el libro de mis memorias que muchos amigos –algunos amables, otros impetuosos y los más interesados– me animan a escribir. Como conocen parte de los muy diversos episodios de mi ya larga vida –varios sorprendentes, otros ilustrativos de determinadas realidades humanas, unas encomiables y otras deleznables– y tienen una cierta idea de las personalidades con las que he tenido la suerte de codearme (o la desgracia, en algunos casos), consideran que serían interesantes e incluso provechosas. Sobre todo, si se añade a todo lo anterior el morbo que aportarían ciertas zancadillas que me ha puesto el Destino.

Pero, aun aceptando que pueda tener bastante que contar, nunca he querido hacerlo. Me he venido escudando en la manida falta de tiempo, acompañada   –no lo oculto– de una incómoda sensación de hastío, para no tener que volver a recordar algunos de los acontecimientos que he padecido. También he pensado que me gusta más intuir que recordar, porque siempre he confiado en que lo que vendrá será mejor que lo que ya quedó atrás.

Muchos proyectos, cientos de páginas, pero mi nombre no ha aparecido nunca como orgulloso autor de una publicación, y mucho menos de una obra de este propósito y calado. Un verdadero “divertimento”: analizar el Concierto Económico vasco desde todos los prismas posibles y atreverme a ofrecer una visión personal. Pues bien, a pesar de que la tarea va a resultar titánica, me he decidido a romper ese dilatado y persistente tabú. Confío en haber acertado con el comienzo, aunque ha habido días que he compartido inquietudes con aquel a quien recordaba Forges en la viñeta que figura a continuación:

Dibujando el camino

Para no parecer un vulgar imitador, no he empezado este libro proclamando aquello de “En un lugar de la Euskadi, de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Asimismo, he conseguido vencer otra fuerte tentación. Como en 2015 se ha cumplido el primer centenario de la publicación de “La Metamorfosis”, de Franz Kafka, ha habido momentos en que me seducía comenzar con un cañonazo, como el de las veintiún palabras con que se abre esa singular historia (“Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso”). Al fin, pensé que lo mejor era ponerme a escribir proclamando mi verdad: Nunca he escrito un libro…

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