En este Título II vamos a comenzar a analizar, uno por uno, lo que he denominado “misiles” contra el Concierto. Ya sabes que son veintidós y que los he dividido en cuatro categorías: calumnias, errores, ataques políticos y críticas técnicas. Además de ellos, el sistema concertado tiene que soportar los numerosos desaciertos e inexactitudes que le rodean (he identificado nada menos que trece diferentes), por puro desconocimiento, según te he puesto de relieve en un capítulo anterior.

Entrando a analizar el primero de los cuatro grupos citados, no quiero que te suene mal el calificativo de “calumnia”, que según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española significa “acusación falsa, hecha maliciosamente, para causar daño”. Y, asumiendo ese significado, voy a emplear esa palabra porque estamos ante tres graves acusaciones que son falsas y, además, se utilizan maliciosamente (y también insensatamente) y causan un grave daño. En resumen, estamos ante descalificaciones INTOLERABLES.

Para justificar una manifestación tan rotunda (espero que no te haya sobresaltado) voy a realizar el análisis de tres planteamientos contra el Concierto en los que lo que más destaca es su absoluta falta de sentido. Son los siguientes:

  • El Concierto Económico se concedió por presión de ETA.
  • Los vascos no pagan nada al Estado.
  • El Concierto Económico crea un paraíso fiscal en Euskadi.

¿Te parece que empecemos? De la simple lectura de estos tres planteamientos, ya ves que la crítica viene dura. Vamos a analizarlos, uno a uno, y voy a tratar de ofrecerte argumentos objetivos para que te des cuenta de que en esos casos estamos ante inaceptables “lindezas” (entendiendo como tal una manifestación desagradable u ofensiva) por no hablar de verdaderas ofensas calumniosas.

El Concierto Económico se concedió por presión de ETA

En este capítulo, en el que me voy a ver obligado a abordar cuestiones muy desagradables, pretendo tratar los siguientes cinco temas: una valoración personal de esta acusación, la identificación del origen de la misma, un amplio número de argumentos que la descalifican y terminaré con más observaciones maliciosos y una afirmación rotunda, apoyada en unas observaciones que califico de “maliciosas” (seguro que todo ello te parece muy misterioso, ¿no?).

Los cinco epígrafes que contiene este capítulo son los siguientes:

  • Una acusación repugnante.
  • Cuatro focos calumniosos identificados.
  • Algunos argumentos para tratar de acabar con esta calumnia.
  • Unas observaciones maliciosas, absolutamente merecidas.
  • Una afirmación rotunda.

Como puedes ver, la cosa promete…

Una acusación repugnante

Te aclaro, ante todo que, dentro del conjunto de ataques políticos, mediáticos, académicos etc. contra el Concierto Económico que vamos a ir viendo en los siguientes Títulos y capítulos, este me produce no solo enfado, sino, además, repugnancia (te lo destaco en negrita y mayúsculas para que quede más claro).

Y ello por dos razones. La primera, porque significa faltar radicalmente a la verdad. Y, en segundo lugar, porque con este tipo de afirmaciones, se magnifica la capacidad de la organización terrorista ETA para conseguir objetivos beneficiosos para la sociedad vasca. En definitiva ¡se le coloca en un pedestal! incluso por gentes que se precian de demócratas y que sin duda son inteligentes.

Por ello, descalificaciones de este tipo (que ya ves que la he considerado benevolentemente como “calumnias”) además de ser mentiras como un templo de grandes, revelan un grado de estulticia política francamente alarmante.

Pero, por encima del enfado y de la repugnancia, no te oculto que esta grave imputación también me produce estupor y dolor. Porque si el Concierto es obra de ETA, no se entiende entonces cómo es posible que la persona que encabezó la Comisión que negoció la recuperación del Concierto de 1981, y que por ello jugó el papel más destacado en aquella negociación –en otras palabras, quien está escribiendo estas líneas–, haya tenido que vivir muchos años de su vida con escolta permanente, coche blindado, cambios de horarios y de itinerarios, revisión debajo del vehículo antes de arrancarlo y un largo etcétera. Al parecer, ése fue el premio que me concedió ETA por los méritos contraídos al haber facilitado la consecución de los objetivos estratégicos de la organización terrorista que hemos padecido durante tantos años. ¿No sería más bien el castigo, por no haber colaborado en su consecución?

(La verdad es que no te oculto, amiga lectora o amigo lector, que he tenido serias dudas sobre la conveniencia de escribir las líneas que acabas de leer, pero, al final, me he decidido a hacerlo, porque, aunque reflejan un grave episodio de mi vida personal y familiar, creo que pueden contribuir a dar más credibilidad a los argumentos que vas a conocer a continuación).

Intuyo que ahora entenderás mejor el tono abrupto y descalificador con el que he comenzado este capítulo. Discúlpame por ello, pero estamos ante una estupidez (perdón, de nuevo, por el exabrupto) de quienes proclaman, sin saber de qué hablan, esta calumnia mayúscula. También estamos ante una “vesania” –entendiendo este calificativo en las dos primeras acepciones del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, es decir, como “demencia o locura”– de aquellos que sí saben de qué quieren hablar.

Entre ellos sitúo a determinados políticos. Porque esta grave acusación, que viene flotando desde la Transición, se transmutó en una especie de “excrecencia” de las expresiones que se utilizaron profusamente a principios del siglo XXI y en plena ofensiva de las fuerzas entonces llamadas “constitucionalistas” (al parecer, han desaparecido del mapa político, porque llevamos años sin oír ese calificativo) cuando se inició una legítima campaña política –acompañada de un intenso aparato mediático– con el objetivo, también legítimo, de desplazar al PNV del Gobierno Vasco y a Juan José Ibarretxe como Lehendakari del mismo.

(Debes recordar que todo ello fue una derivación de la ruptura del llamado Pacto de Lizarra Garazi en noviembre de 1999 y de la anulación por parte de ETA de la tregua que había declarado unilateralmente un año antes. A todo ello siguió el cruel asesinato del teniente coronel D. Pedro Antonio Blanco, el 24 de enero de 2000.

Como consecuencia, “izquierda y derecha constitucionalistas presentaron una estrategia común para desbancar al Partido Nacionalista Vasco del poder autonómico. Así, Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros, candidatos del PP y PSE-EE respectivamente, se postularon para gobernar en coalición”43.

Ese “frentismo”, y los graves errores de estrategia y de comunicación, por la presentación de aquella alternativa de una forma muy agresiva, benefició al nacionalismo vasco moderado que ganó las elecciones del 13 de mayo de 2001, tanto en número de escaños conseguidos, 33 contra los 32 de PP+PSE, como en representación popular, 604.222 votos para PNV+EA contra los 580.128 para PP+PSE43. Supuso también el inicio del declive de aquellos dos políticos que concibieron aquellas elecciones como una especie de “asalto al poder”).

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