Con tu permiso, vamos a entrar en un Título de especial significación, en cuyo contenido me gustaría acertar. Se trata, por un lado, de una cuestión importante y, por otro, de una materia sensible. Que no te extrañe por tanto si me encuentras más “seriote” que en algunas de las páginas que ya llevas leídas.

Es absolutamente sorprendente que un país tan pequeño como Euskadi (en su actual configuración como Comunidad Autónoma, cuenta con un territorio de solo 7.234 Kms2 y una población de 2.188.895 personas –una pequeña porción de los habitantes de muchas de las grandes urbes del mundo– que ha venido aumentando en la última década anterior a la crisis, gracias a una sensible y positiva corriente migratoria) pueda tener características diferenciales que resultan evidentes. Te voy a indicar algunas, a continuación. Estoy seguro de que tú podrás añadir otras más, para que, con todo ello, lleguemos a un diagnóstico compartido.

Como todavía conservo una cierta capacidad de comprensión, soy totalmente consciente de que abordar en esta Parte Segunda de la obra un Título dedicado a tratar de demostrar lo que afirma el encabezado del mismo, es entrar en un jardín no precisamente lleno de flores, sino de minas.

(Confío en que no sean tan dañinas las que en algún momento estallaban en aquella maravillosa película de 1996, “El paciente inglés”, del director Anthony Minghella, que se vio premiada nada menos que con nueve estatuillas en la ceremonia de los Oscar.

Los citados artefactos explosivos marcaban el destino de alguno de los protagonistas de la cinta y, muy en especial, el de la atractiva y vital Hana, la enfermera franco-canadiense que vela por las últimas horas de aquel desconocido “paciente inglés”.

Toco madera y confío en que las “minas” que voy a encontrar en las páginas posteriores no marquen el mío…).

Pero, por favor, no te preocupes por mí. Aunque nunca he sido zapador, trataré de identificar cualquier tipo de las hoy prohibidas “minas antipersona” y de orillarlas, con el prudente objetivo de que no te quedes sin autor a esta altura de la obra (¡todavía te queda mucho sufrimiento por delante, paciente lectora o lector!).

Asumo, por tanto, el riesgo potencial inmaterial que encierra defender eso de la “impronta diferenciada”, porque asentar en ti esa convicción, con sensatos argumentos, me parece que resulta algo absolutamente necesario en un libro dedicado al Concierto, precisamente porque se trata de un modelo de relación con un Estado diferente y, además, diferenciado. Para demostrarlo, me ha resultado imprescindible escribir muchas páginas que confío merezcan tu interés.

Y para terminar con esta ya larga exposición de aclaraciones previas sobre el contenido de este Título, quiero señalarte que, salvo en uno de los capítulos, pretendo alejarme de cualquier consideración o valoración política, pues en ésta y en todas las cuestiones que aborda esta obra, busco seguir la línea que calificaba de “profesional” en uno de sus epígrafes introductorios.

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